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Siete palabras mágicas

Si nos hubiésemos descubierto en cualquier contraluz, quizás esta historia tendría más sentido común; pero nos tocó vivir un tiempo en el que escaseaban.

Recuerdo que invadiste el espacio vital que, en aquel preciso instante, no compartía con nadie; que llegaste desde el lado opuesto de la luz, cabalgando un intenso y tenue hilo de femenina fragancia, empeñada en obstaculizar mi propósito de explorar lo visible e imaginarme el resto.

Quince... a lo sumo, veinte segundos para resumirme y conseguir despertar en ti el ansia de seducirme y coleccionarme. Y lo intenté telepáticamente, con la mirada, hablándote a través de un imaginario espejo para minimizar cualquier atisbo de timidez. Creo que me repetí, hay algo en mi subconsciente que me dice que estoy escrito sin personalizar, como una carta cerrada en un sobre abierto en el que aún no me he decidido a escribir ninguna dirección ni a quien voy definitivamente destinado.   

Soy de mármol y metal, burbuja de aceite y luz de gas, vehículo y nexo, irrealidad tangible y realidad virtual, escalera y escalón, ascensor, ático, desván.

Soy de antemano sin dejar de ser después; soy del ayer que sucede hoy o del mañana que ya sucedió.

Soy alquitrán, espejo de azogue, piedra pómez, esponja y almidón, papel y navaja de afeitar, hoja de cuchillo y rebanada de pan; fruta fresca, charca, mantel y retal, lienzo en gris buscando esa paleta de  pintor que me empuje a dejarme dibujar.

Soy arpa sin cuerdas de seda atadas con nudos de nylon y cristal, juguete voraz, ajedrez, la imagen que no existe y el trozo de cartón que alguien olvidó en aquella calle por la que no pasé jamás; el candil y la hoguera, esa palabra que se niega a morir  

y vive

aunque le cueste lo indecible respirar.

Soy letra consonante sin dejar de ser vocal, la frase dentro de un párrafo que nunca quise escribir, el verbo que adjetiva y el artículo que determina sin dudar.

Soy, en fin, la línea invisible y el margen izquierdo, un lápiz que no quiere ser pluma y el papel sobre el que la vida escribe sin detenerse a leer ni a pensar.

Soy noche de amar febril y un amanecerte a ti sin casi atreverme a despertar...

Mi parte del trabajo estaba hecha. No sé si escuchaste mi mirada y las palabras que no dije; pero era el momento escénico de una pausa larga, cínica, intensa, mortal.

Faltaba el final apoteósico, el verbo hecho carne, el clímax necesario que llega con ambigua naturalidad. Y había que pronunciarlo en voz alta, para sorprenderte y regalarte las llaves y los dados del juego de la seducción que, desde aquel momento, sólo a ti pertenecían.  

  • - No soy nada, cuando tú no estás.
  • - ¿Qué...?
  • - Siete palabras mágicas... pensaba en voz alta, nada más...

Por unos segundos el silencio se adueñó de todo; resultó ser el prólogo de una sucesión irracional de actos reflejos en los que monopolizaste todo el protagonismo y que yo leí como si la vida me fuera en ello. Luego se abrió la puerta, quisiste salir pero te pudo la curiosidad...    

  • - ¿Te referías a mí?
  • - Hoy, si...

Siete Palabras Mágicas (grande)

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